
Por: Adriana Balaguer, el 26 de octubre de 2009, 11:58 AM
Hay gente que se vanagloria de ser el mismo de siempre. De no haber cambiado en lo más mínimo su forma de ser a pesar del paso del tiempo. Hay otra que hace gala de su capacidad de adaptación, y vive rotando como una veleta. Los otros logran modificarlos de tal manera que es difícil identificar cuál es su esencia. ¿Cómo proteger nuestra individualidad sin pecar de autistas? ¿Cómo escuchar las sugerencias que nos hacen tratando de mejorar la convivencia, sin abandonar lo que nos distingue? ¿Todo cambio vale con tal de que nos quieran?
Viviana R. era una mujer de carácter. De esas que no temen levantar la voz en una reunión en la que sienten que su trabajo no está siendo valorado como corresponde. Solía decir que “no” cuando la propuesta de viernes a la noche que le hacían sus amigas no le interesaba. Y se enorgullecía de que ningún hombre hubiese torcido su rutina, sus hábitos, su punto de vista.
Tenía en su haber un par de parejas que lo habían intentado, pero que no resistieron la embestida, y la dejaron antes de pensar si valía la pena insistir; y hasta algún novio que ni bien había empezado a ser y a hacer lo que Viviana quería, había dejado de interesarle. Muchos de sus íntimos vivían diciéndole que tenía que ser más flexible, que si seguía así iba a quedarse sola, y se iba a hacer fama de cerrada, de terca. De incapaz de establecer una negociación, de arribar a un consenso.
Pero Viviana no quería ver más allá de sus pestañas. Tenía la autoestima muy alta y aseguraba que cada vez que ella defendía su posición era porque consideraba que era la mejor para todos. Que solo se trataba de que la gente la aceptara tal cual era. Y que si eso no sucedía, había que aceptarlo, ya que tampoco podía pretender agradarle a todo el mundo.
Tenía una amiga, sin embargo, a la que quería muchísimo y con la que casi nunca estaban de acuerdo. Ni en política, ni en relación a la forma de tratar a la gente, de manejarse profesionalmente, o de considerar a los hombres. El gran lugar en el que sí se encontraban era el afecto y la tolerancia Disfrutaban mucho de estar juntas, por lo imprevisible y relajado de los encuentros. Solían reírse como locas cuando escuchaban los argumentos con los que la otra defendía su postura; y habían aprendido a criticarse sin ofenderse, sin herirse.
Incluso, cuando alguna hacía algo que la otra le había desaconsejado, y eso le traía un problema o una tristeza, ninguna apelaba al reto, al “ya te lo dije”. Se limitaba a escuchar, a contener. Viviana sabía que no le iba a ser sencillo replicar esa relación. Pero no le importaba. Estaba feliz de contar con alguien con quien no tenía que fingir, que aparentar, que esforzarse para ser de su agrado.
¿Se puede cambiar la forma de ser de una persona? ¿O debemos aceptarla tal cual es? ¿Cuál es el límite?
tassartjulieta
tema muy complejo.en realidad acaptar al otro como es y acaptarnos,es la puerta de
lejacion y cambio.es muy ambiguo pero por experiencia es asi.
Publicado el 10 de noviembre de 2009, 03:44 AM
prettylucy810
CUANDO APRENDEMOS A SER VERDADEROS AMIGOS NO BUSCAMOS COMO CAMBIAR A ESA PERSONA SINO
QUE LA ACEPTAMOS TAL CUAL ES CON SUS VALORES Y VIRTUDES ASI COMO CON SUS DEFECTOS
NADIE ES MONEDITA DE ORO
Publicado el 09 de noviembre de 2009, 05:03 PM
rosaguevara46
a los 43 años he comprobado que no me gusta la manera de ser de mi marido y de su
familia,tengo 5 hijos con él en 24 años de casada.lo amo y no soy capaz de vivir
sola¿puedo hacer algo para cambiarlo?
Publicado el 09 de noviembre de 2009, 12:20 AM
karenyohanaportillocarranza
hola yo pienso que es bueno cambiar todo aquello que no nos deje ser una mejor
persona capaz de convivir en cualquier ambiente y con cualquier tipo de persona,
nunca es tarde para cambiar.
Publicado el 05 de noviembre de 2009, 05:39 PM
gaticamilan
Algunas personas experimentamos cambios positivos en nuestras vidas, producto de
sucesos muy fuertes y dolorosos. No volvemos a ser las mismas ... nos renovamos!
Publicado el 02 de noviembre de 2009, 06:05 PM
Editor, Soy periodista, tengo 40 años (pero lejos estoy de ser una
cuarentona) y tres hijos. Hago Pilates, amo las frutillas con
crema y compartir margaritas a solas con mi marido.
Desde hace 5 años retrato la vida de otras mujeres en
www.mujeressinfronteras.com. Así confirmé que a la mayoría
de las mujeres nos gusta ejercitar la omnipresencia: pensamos
en qué vamos a cocinar en medio de las reuniones de trabajo.
¿Será por eso que vivimos desesperadas?
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